Entonces dijo María:
«Mi alma glorifica al Señor,
47 y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador,
48 porque se ha dignado fijarse en su humilde sierva.
Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones,
49 porque el Poderoso ha hecho grandes cosas por mí.
¡Santo es su nombre! -Lc. 1:46-49
47 y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador,
48 porque se ha dignado fijarse en su humilde sierva.
Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones,
49 porque el Poderoso ha hecho grandes cosas por mí.
¡Santo es su nombre! -Lc. 1:46-49
Jesús honró a la mujer dándole honor en medio de una sociedad machista.
Tomemos nota de los siguientes
pasajes:
Las mujeres que habían
acompañado a Jesús desde Galilea siguieron a José para ver el sepulcro y cómo
colocaban el cuerpo. NVI (Lucas
23:55)
Todos, en un mismo espíritu,
se dedicaban a la oración, junto con las mujeres y con los hermanos de Jesús y
su madre María. NVI (Hechos 1:14)
¿Cómo eran vistas las mujeres
antes de la venida de Jesús? Situémonos en Israel en los días antes del
nacimiento de Cristo. Los hombres judíos diariamente oraban dando su
acción de gracias. Consideren esta oración. Muestra la poca estima que el
hombre judío tenía hacia la mujer. Dice así: “Alabado sea Dios, que no me ha
creado gentil. Alabado sea Dios, que no me ha creado mujer. Alabado sea Dios,
que no me ha creado hombre ignorante.”
Este era el punto de vista del
hombre judío del siglo primero hacia la mujer. No era mucho mejor en otras
culturas. De hecho, desde la caída del hombre, la mujer siempre fue considerada
como un ciudadano de segunda categoría – inferior al hombre.
Pero algo sucedió que hizo
cambiar esto: ¡Vino Cristo!
En Jesucristo encontramos la
visión que Dios tiene sobre la mujer. No el punto de vista del hombre sino el
punto de vista de Dios! Jesucristo es Dios hecho carne. Por tanto, Él
expresa las opiniones de Dios. En Su vida terrenal, Jesucristo era la expresión
visible de Dios en persona. Así en sus acciones y en sus palabras, encontramos
el punto de vista de Dios acerca de la mujer. Y este punto de vista es
extremadamente contrario al más prevaleciente punto de vista de aquella
época.
Consideremos esto. Dios visitó a
una mujer. Él eligió a una mujer para traer a este mundo a Su Hijo, el Mesías –
El Ungido de Dios – que Israel llevaba esperando por miles de años. ¡Él eligió
que Su Hijo unigénito viniera a este mundo por medio de una mujer. La vida de
Dios, en primer lugar, fue colocada en el seno de una mujer antes de llegar a
nosotros. Antes que la vida de Dios fuera puesta en algún otro ser humano,
antes de que la vida de Dios fuera puesta en otro hombre, fue en primer lugar
colocado dentro de una mujer. ¡Y Dios no se sintió avergonzado por ello!
Hermanas, este es el punto de
vista de Dios sobre la mujer. Tomen el lugar de honor que les
corresponde.
Pero esto no es todo. Durante su
ministerio, Jesucristo hizo trizas todas las convenciones sociales que eran
colocadas frente a la mujer. En una ocasión, Él se levantó en defensa de una
mujer acusada de adulterio. Se convirtió en su abogado. Él salvó su vida. Y
Dios no se avergonzó por ello.
Era sabido que Cristo se juntaba
con pecadores, comía con prostitutas y recolectores de impuestos. Se nos dice
en el capítulo 4 de Juan que se encontró con una mujer que era de Samaria y Él
hizo algo que dejó asombrados a sus discípulos. ¡Habló con ella en
público! Y no se avergonzó por ello. Pero no solamente era una mujer, sino que
también era divorciada. Y no solamente era divorciada sino que también vivía en
adulterio. No solamente era una mujer, una divorciada, una adúltera, sino que
era peor que un gentil: era una samaritana – una mujer de baja casta. Un
samaritano era una persona a la que nunca un judío le dirigía la
palabra. Pero nuestro Señor habló en público con esta mujer samaritana,
divorciada y adúltera y le perdonó sus pecados. Y no se avergonzó por
ello.
Hermanas, tomen el alto lugar que
les corresponde. Este es el punto de vista de Dios sobre la mujer.
Y aún no es todo. En Sus
parábolas, Jesucristo tenía por costumbre convertir a las mujeres en heroínas.
Habló acerca de la mujer que buscó su moneda perdida. Habló de la mujer que fue
incansable con el juez injusto y la honró por su perseverancia. Habló de la
viuda que depositó en el templo una pequeñísima cantidad de dinero, lo único
que tenía, y la ensalzó por así hacerlo. Y no le dio vergüenza de exaltar a la
mujer.
Hermanas, este es el punto de
vista de Dios sobre la mujer. Tomen el lugar de honor que les
corresponde.
En cierta ocasión, cuando Jesús
cenaba con un fariseo de renombre, entró una mujer. Pero esta no era una mujer
común. Era una mujer de la calle – una prostituta. Al ver al Señor, se dejó
caer de rodillas y extrajo todos sus ahorros. Sacó todas las posesiones que
tenía en este mundo en la forma de un frasco de aceite de incalculable valor,
lo rompió derramándolo sobre los pies de nuestro Señor.
¡Esta mujer impura tocó a
Jesucristo! ¡En público! La mujer lloró, lavando los pies de Jesucristo con sus
lágrimas y secándolos con sus cabellos. Este acto enturbió la mente del
pretencioso fariseo y en ese momento, perdió todo el respeto que tenía por
Jesús llegando a dudar que Él fuera un profeta. ¡Pero Él no se avergonzó!
Hermanas, este es el punto de
vista de Dios sobre la mujer. Tomen el lugar de honor que les
corresponde.
Pero esto tampoco es todo.
Vuestro Señor permitió a una mujer impura que le tocase el borde de Su túnica y
no se avergonzó por ello. De hecho, ¡la alabó por haberlo hecho! De igual
manera dio a una mujer cananea (los cananeos eran considerados como perros a
los ojos de los israelitas) uno de los más altos cumplidos que Jesús dio. De
igual manera sanó a su hija y tampoco se avergonzó por ello.
En las últimas horas del Señor en
la tierra, se quedó en una pequeña villa llamada Betania. Fue allí donde pasó
los últimos días antes de dar Su vida en el Calvario. Jesús fue a la casa de
dos mujeres que habitaban en Betania. Ellas eran Sus amigas y como tal le
recibieron y Él no se avergonzó por ello.
Hermanas, este es el punto de
vista de Dios sobre la mujer. Tomen el lugar de honor que les
corresponde.
Cuando Lucas escribe su
evangelio, habla de los doce apóstoles. A menudo, refiriéndose a ellos, utiliza
la abreviatura de los Doce. Esos hombres estuvieron con el Señor por tres años
y medio. Vivieron con Él y le siguieron a todas partes donde fue. Pero Jesús
también tenía un grupo de mujeres que le seguían en adición a los Doce. Lucas
también utilizó una abreviatura para referirse a ellas. Simplemente las llamó “las
Mujeres”. Él utiliza esta palabra en la misma forma que utiliza los Doce. Ellas
eran las discípulas del Señor. Eran Sus seguidoras al igual que los Doce. Las
Mujeres seguían al Señor por donde quiera que Él fuere y le atendían en Sus
necesidades. Le cuidaban y en ningún momento Él se sintió avergonzado por
ello.
Hermanas, este es el punto de
vista de Dios sobre la mujer. Tomen el lugar de honor que les
corresponde.
Pero aún hay más. Los más grandes
discípulos de Jesucristo no fueron los Doce, fueron las Mujeres. ¿La razón?
Porque ellas le fueron más fieles. Cuando Jesucristo fue llevado a la muerte,
los doce desaparecieron. Se desvanecieron. Le dijeron “hasta la vista, amigo”.
¡Pero las mujeres estuvieron con Él! No le abandonaron. Le siguieron hasta el
Calvario haciendo lo que siempre habían hecho: confortarle. Y le vieron pasar
por una sangrienta y mortal crucifixión. Seis horas de tortura. El ver a
un hombre pasar por la más miserable y penosa muerte es algo que va en contra
de hasta la más pequeña fibra que mora en el cuerpo de una mujer. No obstante,
no le abandonaron. Estuvieron con Él todo ese tiempo y Él no se avergonzó por
ello.
Hermanas, este es el punto de
vista de Dios sobre la mujer. Tomen el lugar de honor que les
corresponde.
Después de Su muerte, fueron las
Mujeres quienes asistieron en primer lugar a su entierro. Ellas le seguían y le
cuidaban hasta después de Su muerte. Y cuando resucitó, las primeras caras que
Él vio – los primeros ojos que le vieron – fueron los ojos de las Mujeres. Fue
a ellas a quienes les fue dado el privilegio de anunciar su resurrección… y no
se avergonzó por ello.
Hermanas, este es el punto de
vista de Dios sobre la mujer. Tomen el lugar de honor que les
corresponde.
En el día de Pentecostés las
mujeres estaban presentes en el aposento alto – esperando su retorno – junto a
los Doce. Ellas nunca le abandonaron. Cuando los hombres no le están siguiendo
más, ellas lo hacen. Le siguieron hasta el final. La pasión y dedicación de
ellas hacia Él oscureció a la de los hombres… y Dios no se avergonzó por ello.
Durante toda la vida del Señor,
fueron las mujeres las que cuidaron de sus necesidades físicas. Fueron las
mujeres las que le cuidaron inclusive hasta el amargo final de su glorioso
clímax. No fueron los hombres, sino las mujeres las que apoyaron a Jesús
financieramente durante Su ministerio.
Lucas 8: Después de esto, Jesús estuvo recorriendo los pueblos y las aldeas,
proclamando las buenas nuevas del reino de Dios. Lo acompañaban los doce, 2 y
también algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malignos y de
enfermedades: María, a la que llamaban Magdalena, y de la que habían salido
siete demonios; 3 Juana, esposa de Cuza, el administrador
de Herodes; Susana y muchas más que los ayudaban con sus propios recursos.
(NVI)
Ellas eran indispensables para
Él y no se avergonzaba por ello. Pero más allá de todas esas cosas
maravillosas que el Señor hizo para mostrar la belleza de la mujer, Él hizo
algo más. Él te eligió a ti – una mujer – como muestra, para decirnos por quién
había venido a morir a esta tierra: Su Esposa. ¡Y tampoco le dio vergüenza por
ello!
Hermanas, este es el punto de
vista de Dios sobre la mujer. Tomen el lugar de honor que les corresponde.
Hermanos, honren a sus hermanas
en el Reino de Dios. Pues Dios les honra a ellas.
Permítanme recordarles que cuando
Dios extrajo a Eva de Adán, Él no lo hizo de sus pies ni de su cabeza, sino de
su costado. Hermanas, vosotras sois las compañeras herederas en el Reino de
Dios. Vosotras sois las compañeras sacerdotisas en la iglesia. Sois honradas.
Sois queridas.
Sois valiosas. Sois necesarias.
En Cristo no hay hombre ni mujer. Sois sus amigas, sus seguidoras, sí, sois de
su propia clase.
Así pues, hermanas, tomad el alto
lugar que os corresponde, pues así es como Dios os ve.

¡Qué bello esto que usted nos comparte! ¡Gracias! Es maravilloso comprender la valía con la que Dios nos ve a las damas y como en la historia no nos negó privilegios y tratos honrosos, llenos de oportunidad, perdón y piedad infinita.
ResponderEliminarY lo más hermoso, que una mujer cuando es sola puede experimentar, es ¡Su papel de Esposo y Defensor de los hijos! ¡Su gran cuidado y amor incondicional!
Amén!!
He oído a los no creyentes decir que la Biblia esta contra la mujer y otras cosas mas, pero yo puedo ver claramente en este estudio hecho que están equivocados y que Jesús le dio a las mujeres su valor!
ResponderEliminarPor un mal entendimiento de la Palabra se ha predicado por durante años que la mujer está por debajo del hombre, y se hace ver a Dios como machista, eso no es así, y este acertado estudio lo confirma, muchas gracias por compartirlo...
ResponderEliminarEs sumamente necesario profundizar en la palabra y no permitir que otros la interpreten a su conveniencia porque sí algunas creí que la Biblia era machista. Excelente escrito para valorizarnos como lo que somos para Él.
ResponderEliminarHola bendiciones. Es maravilloso cómo nuestro Padre nos honra y que privilegio el que nos da, que linda enseñanza para compartir, mil gracias
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