domingo, 12 de abril de 2020

Jesús Resucitó


—Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí vivirá, aunque muera
-Juan 11:25

Hoy atravesamos una crisis mundial de muerte, dolor y miedo. Puedes experimentar esperanza, paz y vida eterna. 
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Todas las potencias del Espíritu Eterno se habían juntado en un lugar: el sepulcro. De pronto, saliendo desde las más recónditas porciones del inanimado cuerpo de Jesús, brotó una explosión de luz más grande que la que estalló al principio de la creación. Entonces, desde dentro de esa tumba brotó a torrentes un dorado fuego, y en medio de esa inefable gloria, la Luz de todas las luces, la Vida eterna misma, se reveló como un hombre! Yo soy el primogénito de entre los muertos. Y asimismo nunca habré de morir otra vez. En Mí mis escogidos también han muerto. Y al levantarme de las entrañas de la muerte, ellos —en Mí— se levantan conmigo... para nunca más volver a morir. Mis escogidos, ahora ya gloriosos, nacen de entre los muertos.

¡Vieja creación, desaparece ahora! —mandó el Carpintero. Tú no has de compartir espacio con mi nueva creación.
—¡Aparece ahora, mi nueva creación! Sí, todos ustedes, nuevas criaturas que ahora están en Mí, aparezcan conmigo. ¡Resuciten como Yo resucité! Asciendan cuando Yo ascienda. Jesús el Ungido, Hijo del Dios viviente —su flamante cuerpo fulgurando con resplandor dorado y blanco y relumbrando con luz ígnea, llevando dentro de sí a los redimidos— resucitó de los muertos. Pasando a través de sus mortajas, se puso en pie dentro del sepulcro de José de Arimatea, revestido de gloria. Dios, encarnado como hombre, crucificado, muerto y ahora resucitado y a punto de ascender, triunfante sobre todo, irradiando ondulantes cataratas de luz torrencial y ríos de fuego, rugió su grito de victoria:
¡HE RESUCITADO!

 Entonces, pasando a través de la puerta de piedra, el Señor de toda la gloria salió y se paró, con los pies en el suelo, levantó las manos impulsivamente y gritó saludos a los hijos de la luz que esperaban ansiosos. Los espíritus de resplandecientes ángeles prorrumpieron en un desenfrenado delirio de alabanza. Reinó el arrobamiento. La celebración se tornó en éxtasis. Un caótico regocijo y un alborotado entusiasmo dominaron el momento. Y en tanto que un grandioso histerismo rugía a través de los ciudadanos del cielo, el Señor de la Muerte señaló el sepulcro.

Dos magníficos arcángeles se remontaron en el aire, en tanto que incontables millones de ángeles se remolineaban en torrentes de rutilante luz alrededor del sepulcro aún sellado. Miguel y Gabriel comenzaron a descender lentamente, hasta que sus pies tocaron tierra junto a la enorme piedra que servía de puerta, al tiempo que todo el resto de aquella hueste celestial gritaba dejando sordo uno al otro. Entonces Miguel y Gabriel, juntos, rodaron a un lado la piedra. ¡El sepulcro estaba tan, tan vacío! Aquello fue más de lo que los espíritus angélicos podían contener.

El caos dio lugar aun pandemónium, mientras los arrobados ángeles gritaban alabanzas y cantaban cánticos en completo desorden. Alabanzas, vítores y gritos se elevaban unos sobre otros, saliendo de las gargantas de ángeles completamente delirantes. Después de lo que vino a ser la más grande manifestación de alabanzas de toda la historia angélica, finalmente los desarreglados mensajeros recobraron una apariencia de compostura y empezaron a cantar triunfalmente.
¡Resucitado, sí, resucitado!¡Levantado por encima de todo!¡Resucitado, sí, resucitado, muy por encima de todo! Nada más puede alcanzarlo. El techo del cielo queda debajo de El. El ha sido exaltado muy por encima de todo.

Y cuando las voces de los ángeles ya no podían gritar más, ni cantar, ni siquiera susurrar, los enmudecidos ciudadanos del cielo cayeron a los sagrados pies del altísimo Señor y lo adoraron reverentemente.

Tomado de: El Triunfo, pp. 100 - 102 -Gene Edawrds

Dobla tus rodillas, confiesa que Jesucristo es el Señor, dueño de tu cuerpo, de tu alma, de tus posesiones y de tu proyecto de vida. Clama por su perdón, abandona tu vida de pecado para adorar a Cristo y serás salvo.

¡Salud, paz y gozo!