viernes, 8 de marzo de 2019

¿Cómo ve Dios a la Mujer?



Entonces dijo María:
«Mi alma glorifica al Señor,
47     y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador,
48 porque se ha dignado fijarse en su humilde sierva.
Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones,
49     porque el Poderoso ha hecho grandes cosas por mí.
    ¡Santo es su nombre! -Lc. 1:46-49

"Ayuda idónea" es alguien quien envuelve el corazón del hombre para protegerlo. Alguien de su mismo nivel, dignidad y esencia. Nunca significó que la mujer es inferior, al servicio del hombre. Mujeres y hombres nacidos de nuevo, somos herederos de Dios y coherederos con Cristo; templo del Espíritu, una nueva creación, una nueva humanidad "en Cristo". Una visión panorámica del Nuevo Testamento revela la obra de emancipación de la mujer realizada por Cristo. Para ello les comparto esta magnífica exposición del escritor Frank. A. Viola.

Jesús honró a la mujer dándole honor en medio de una sociedad machista.

Tomemos nota de los siguientes pasajes: 
Las mujeres que habían acompañado a Jesús desde Galilea siguieron a José para ver el sepulcro y cómo colocaban el cuerpo. NVI (Lucas 23:55)  
Todos, en un mismo espíritu, se dedicaban a la oración, junto con las mujeres y con los hermanos de Jesús y su madre María. NVI (Hechos 1:14)
¿Cómo eran vistas las mujeres antes de la venida de Jesús? Situémonos en Israel en los días antes del nacimiento de Cristo. Los hombres judíos diariamente oraban dando su acción de gracias. Consideren esta oración. Muestra la poca estima que el hombre judío tenía hacia la mujer. Dice así: “Alabado sea Dios, que no me ha creado gentil. Alabado sea Dios, que no me ha creado mujer. Alabado sea Dios, que no me ha creado hombre ignorante.” 
Este era el punto de vista del hombre judío del siglo primero hacia la mujer. No era mucho mejor en otras culturas. De hecho, desde la caída del hombre, la mujer siempre fue considerada como un ciudadano de segunda categoría – inferior al hombre. 
Pero algo sucedió que hizo cambiar esto: ¡Vino Cristo! 
En Jesucristo encontramos la visión que Dios tiene sobre la mujer. No el punto de vista del hombre sino el punto de vista de Dios! Jesucristo es Dios hecho carne. Por tanto, Él expresa las opiniones de Dios. En Su vida terrenal, Jesucristo era la expresión visible de Dios en persona. Así en sus acciones y en sus palabras, encontramos el punto de vista de Dios acerca de la mujer. Y este punto de vista es extremadamente contrario al más prevaleciente punto de vista de aquella época. 
Consideremos esto. Dios visitó a una mujer. Él eligió a una mujer para traer a este mundo a Su Hijo, el Mesías – El Ungido de Dios – que Israel llevaba esperando por miles de años. ¡Él eligió que Su Hijo unigénito viniera a este mundo por medio de una mujer. La vida de Dios, en primer lugar, fue colocada en el seno de una mujer antes de llegar a nosotros. Antes que la vida de Dios fuera puesta en algún otro ser humano, antes de que la vida de Dios fuera puesta en otro hombre, fue en primer lugar colocado dentro de una mujer. ¡Y Dios no se sintió avergonzado por ello! 
Hermanas, este es el punto de vista de Dios sobre la mujer. Tomen el lugar de honor que les corresponde. 
Pero esto no es todo. Durante su ministerio, Jesucristo hizo trizas todas las convenciones sociales que eran colocadas frente a la mujer. En una ocasión, Él se levantó en defensa de una mujer acusada de adulterio. Se convirtió en su abogado. Él salvó su vida. Y Dios no se avergonzó por ello. 
Era sabido que Cristo se juntaba con pecadores, comía con prostitutas y recolectores de impuestos. Se nos dice en el capítulo 4 de Juan que se encontró con una mujer que era de Samaria y Él hizo algo que dejó asombrados a sus discípulos. ¡Habló con ella en público! Y no se avergonzó por ello. Pero no solamente era una mujer, sino que también era divorciada. Y no solamente era divorciada sino que también vivía en adulterio. No solamente era una mujer, una divorciada, una adúltera, sino que era peor que un gentil: era una samaritana – una mujer de baja casta. Un samaritano era una persona a la que nunca un judío le dirigía la palabra. Pero nuestro Señor habló en público con esta mujer samaritana, divorciada y adúltera y le perdonó sus pecados. Y no se avergonzó por ello. 
Hermanas, tomen el alto lugar que les corresponde. Este es el punto de vista de Dios sobre la mujer. 
Y aún no es todo. En Sus parábolas, Jesucristo tenía por costumbre convertir a las mujeres en heroínas. Habló acerca de la mujer que buscó su moneda perdida. Habló de la mujer que fue incansable con el juez injusto y la honró por su perseverancia. Habló de la viuda que depositó en el templo una pequeñísima cantidad de dinero, lo único que tenía, y la ensalzó por así hacerlo. Y no le dio vergüenza de exaltar a la mujer.
Hermanas, este es el punto de vista de Dios sobre la mujer. Tomen el lugar de honor que les corresponde. 
En cierta ocasión, cuando Jesús cenaba con un fariseo de renombre, entró una mujer. Pero esta no era una mujer común. Era una mujer de la calle – una prostituta. Al ver al Señor, se dejó caer de rodillas y extrajo todos sus ahorros. Sacó todas las posesiones que tenía en este mundo en la forma de un frasco de aceite de incalculable valor, lo rompió derramándolo sobre los pies de nuestro Señor. 
¡Esta mujer impura tocó a Jesucristo! ¡En público! La mujer lloró, lavando los pies de Jesucristo con sus lágrimas y secándolos con sus cabellos. Este acto enturbió la mente del pretencioso fariseo y en ese momento, perdió todo el respeto que tenía por Jesús llegando a dudar que Él fuera un profeta. ¡Pero Él no se avergonzó!
Hermanas, este es el punto de vista de Dios sobre la mujer. Tomen el lugar de honor que les corresponde. 
Pero esto tampoco es todo. Vuestro Señor permitió a una mujer impura que le tocase el borde de Su túnica y no se avergonzó por ello. De hecho, ¡la alabó por haberlo hecho! De igual manera dio a una mujer cananea (los cananeos eran considerados como perros a los ojos de los israelitas) uno de los más altos cumplidos que Jesús dio. De igual manera sanó a su hija y tampoco se avergonzó por ello. 
En las últimas horas del Señor en la tierra, se quedó en una pequeña villa llamada Betania. Fue allí donde pasó los últimos días antes de dar Su vida en el Calvario. Jesús fue a la casa de dos mujeres que habitaban en Betania. Ellas eran Sus amigas y como tal le recibieron y Él no se avergonzó por ello. 
Hermanas, este es el punto de vista de Dios sobre la mujer. Tomen el lugar de honor que les corresponde. 
Cuando Lucas escribe su evangelio, habla de los doce apóstoles. A menudo, refiriéndose a ellos, utiliza la abreviatura de los Doce. Esos hombres estuvieron con el Señor por tres años y medio. Vivieron con Él y le siguieron a todas partes donde fue. Pero Jesús también tenía un grupo de mujeres que le seguían en adición a los Doce. Lucas también utilizó una abreviatura para referirse a ellas. Simplemente las llamó “las Mujeres”. Él utiliza esta palabra en la misma forma que utiliza los Doce. Ellas eran las discípulas del Señor. Eran Sus seguidoras al igual que los Doce. Las Mujeres seguían al Señor por donde quiera que Él fuere y le atendían en Sus necesidades. Le cuidaban y en ningún momento Él se sintió avergonzado por ello. 
Hermanas, este es el punto de vista de Dios sobre la mujer. Tomen el lugar de honor que les corresponde. 
Pero aún hay más. Los más grandes discípulos de Jesucristo no fueron los Doce, fueron las Mujeres. ¿La razón? Porque ellas le fueron más fieles. Cuando Jesucristo fue llevado a la muerte, los doce desaparecieron. Se desvanecieron. Le dijeron “hasta la vista, amigo”. ¡Pero las mujeres estuvieron con Él! No le abandonaron. Le siguieron hasta el Calvario haciendo lo que siempre habían hecho: confortarle. Y le vieron pasar por una sangrienta y mortal crucifixión. Seis horas de tortura. El ver a un hombre pasar por la más miserable y penosa muerte es algo que va en contra de hasta la más pequeña fibra que mora en el cuerpo de una mujer. No obstante, no le abandonaron. Estuvieron con Él todo ese tiempo y Él no se avergonzó por ello. 
Hermanas, este es el punto de vista de Dios sobre la mujer. Tomen el lugar de honor que les corresponde. 
Después de Su muerte, fueron las Mujeres quienes asistieron en primer lugar a su entierro. Ellas le seguían y le cuidaban hasta después de Su muerte. Y cuando resucitó, las primeras caras que Él vio – los primeros ojos que le vieron – fueron los ojos de las Mujeres. Fue a ellas a quienes les fue dado el privilegio de anunciar su resurrección… y no se avergonzó por ello. 
Hermanas, este es el punto de vista de Dios sobre la mujer. Tomen el lugar de honor que les corresponde. 
En el día de Pentecostés las mujeres estaban presentes en el aposento alto – esperando su retorno – junto a los Doce. Ellas nunca le abandonaron. Cuando los hombres no le están siguiendo más, ellas lo hacen. Le siguieron hasta el final. La pasión y dedicación de ellas hacia Él oscureció a la de los hombres… y Dios no se avergonzó por ello.
Durante toda la vida del Señor, fueron las mujeres las que cuidaron de sus necesidades físicas. Fueron las mujeres las que le cuidaron inclusive hasta el amargo final de su glorioso clímax. No fueron los hombres, sino las mujeres las que apoyaron a Jesús financieramente durante Su ministerio.
Lucas 8: Después de esto, Jesús estuvo recorriendo los pueblos y las aldeas, proclamando las buenas nuevas del reino de Dios. Lo acompañaban los doce, y también algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malignos y de enfermedades: María, a la que llamaban Magdalena, y de la que habían salido siete demonios; Juana, esposa de Cuza, el administrador de Herodes; Susana y muchas más que los ayudaban con sus propios recursos. (NVI) 
Ellas eran indispensables para Él y no se avergonzaba por ello. Pero más allá de todas esas cosas maravillosas que el Señor hizo para mostrar la belleza de la mujer, Él hizo algo más. Él te eligió a ti – una mujer – como muestra, para decirnos por quién había venido a morir a esta tierra: Su Esposa. ¡Y tampoco le dio vergüenza por ello!
Hermanas, este es el punto de vista de Dios sobre la mujer. Tomen el lugar de honor que les corresponde.
Hermanos, honren a sus hermanas en el Reino de Dios. Pues Dios les honra a ellas.
Permítanme recordarles que cuando Dios extrajo a Eva de Adán, Él no lo hizo de sus pies ni de su cabeza, sino de su costado. Hermanas, vosotras sois las compañeras herederas en el Reino de Dios. Vosotras sois las compañeras sacerdotisas en la iglesia. Sois honradas. Sois queridas. 
Sois valiosas. Sois necesarias. En Cristo no hay hombre ni mujer. Sois sus amigas, sus seguidoras, sí, sois de su propia clase.
Así pues, hermanas, tomad el alto lugar que os corresponde, pues así es como Dios os ve.